miércoles, 11 de julio de 2012

"Pinche chamaco pendejo"

Lo anterior, la precisa descripción de mi padre al referirse a un actor infantil de poca monta de alguna telenovela de Televisa. Con todo, eso es lo que se extraña del hogar, dulce hogar - y yo, como Chava Flores bien predijo, jui tan infeliz como pa' largarme a otra tierra.

Ver la televisión en estos lares es infinitamente más divertido que ver a un chingo de güeros participando en shows de gladiadores. La televisión mexicana es la mera mata. Y la telenovela de habitual sintonía en casa de su servidora no se queda atrás: estos no se cortan con las sandeces. Un chileno vestido de charro en una telenovela que promueve la tauromaquia se enamora de una chaparrita que parece vestir como si arrasara con la sección de Juniors de Sears y ya pasa el umbral de los 35. En eso, César Évora clama haber contratado a un 'hacker' de todavía menos monta para lo que parece fue instalar unas camaritas de seguridad en una casa ajena o matar a alguien o sabrá Dios qué. Deberían dar más crédito a esos compas informáticos, guionistas de a tres pesos.

Sigo sin decidir si la mejor parte es el chileno mamey, el chamaco pendejo o el hecho de que la sutil agenda de las telenovelas me hace darme cuenta de lo mucho que me vale madres. Con todo, es una delicia ver las reacciones del televidente familiar. He de contarles pues que el sábado pasado no fue la excepción. Celebrando un cumpleaños en casa de mi tía abuela, el hecho de que esta última me recibiese vistiendo un pantalón amarillo huevo que revelaba un calzón de señora sesentera-bordeando-en-los-setenta-voy-a-ponerme-en-los-ojos-un-hierro-candente me hizo recordar lo mucho que termino riendo en estas reuniones. Y deseando usar la anforita que mi mejor amiga tuvo a bien regalarme en mi cumpleaños 23. Resulta pues que la multitud de tías y tíos que rara vez en la vida veo hicieron su aparición. Pero lo chingón fue mi tía, aquella que pronuncia la palabra "moderno" con un acento noventero que me hace querer dos de las chingadas y antes mencionadas anforitas. Aunque no hubo calzón involucrado, sí el novio condescendiente de mi familiar, que se daba lujo pregúntile y pregúntile a su servidora pa' agarrarla en curva. Acto seguido, me pelé a la cocina para apañar flan. Pero la cosa no acaba ahí. La tía en cuestión tuvo a bien poner música 'para bailar' que rivalizara con las rolas de Chicago que alguien había enjaretado. Pero la cuestión no mejoró: en su lugar, tuvimos que chutarnos veinte versiones de Yo Soy Tu Maestro *su servidora ya se sentía en Lorenzana sacando una mona*, de las cuales la de Los Télez hubiera sido la mejor. Un respiro me vino al cuerpo cuando "Qué bonito bailas de Rigo Tovar" fue bailado de brinquito en la sala de aquella casa llena de recuerditos de porcelana. Ay, la juventud.

Pero no se equivoque, lector y amigo. La cuestión es que entre pausas, mi tía y otros tantos miembros de la de-partida de madre de mi ánimo se agazaparon a ver cómo Eugenio Derbez unía su vida a la actriz aquella que me cae bien y sinceramente recuerdo más por la infamia noventera de Sentidos Opuestos. Ay, los tiempos de los labios que un enfermo de hipotermia envidiaría. Y los pantalones de plástico. Y muchas de mis pesadillas en un verano caluroso por las anteriores.

En fin, que su servidora ha recordado de a madrazo porqué le gusta tanto este chingado país. O será que ver María la del Barrio es mejor pa' la salud mental que las noticias.


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